Divina Comedia

Obra de Dante Alighieri
(Redirigido desde «La Divina Comedia»)
Retrato alegórico de Dante (siglo XVI). National Gallery of Art.

La Divina Comedia es un poema escrito por el poeta Dante Alighieri (1304-1308).

CitasEditar

  • «¡Ah, cuán cautos deben ser los hombres ante los que no solamente ven las obras, sino que además descubren lo íntimo del pensamiento!».
    • P. 82
  • «A mitad de mi vida, me encontraba en una selva oscura».
    • Canto primero
  • «A quien la entiende, la filosofía en muchos lugares cómo la naturaleza procede del intelecto divino y de su arte; y sí buscas bien en tu física [obra de aristóteles] encontrarás en las primeras páginas que el arte humano sigue a la naturaleza hasta donde le es posible, yendo del maestro al discípulo, por lo cual es casi nieto de Dios. Si traes a tu mente los comienzos de Génesis sabrás que conviene a la gente vivir y progresar según estos principios, y puesto que el usurero sigue otro camino, desprecia a la naturaleza y a su seguidor y a su seguidor y el arte y coloca su esperanza en otras cosas».
    • P. 61
  • «Así los grandes sabios dicen que el fénix muere y luego renace, cuando se aproxima a sus años quinientos, no como hierba ni trigo, sino incienso, lágrimas y amomo y muere entre nardos y mirra».
    • P. 114
  • «Buen guía, si te oculto mi corazón es por no hablar demasiado, siguiendo lo que otras veces me has advertido».
    • P. 55
  • «El mismo se acusa, es Nemrod, por cuya mala intención no se usa en el mundo una sola lengua. Dejémosle estar y no hablemos en vano pues para él cualquier lenguaje es tan desconocido como el suyo para nosotros».
    • P. 143
  • «El que hayan aprendido mal este arte me atormenta más que este hecho».
    • P. 57
  • «Esta doctrina expresa en el lenguaje de Dante el conocimiento del peligro que amenaza a quien entre en la parte del infierno de convertirse en piedra, es decir, perder la sensibilidad».
    • «Nota», p. 52
  • «La soberbia, la envidia, y la avaricia son las tres chispas que han incendiado los corazones».
    • P. 41
  • «Narciso, hijo del río Céfeso, era un bellísimo joven que, enamorado de sí mismo, quiso abrazar su imagen reflejada en la fuente Ramnusia, cayendo al agua y muriendo ahogado».
    • P. 139
  • «No me preguntes, lector, como quede helado y mudo por el horror; no lo escribiré, porque todo lo que dijera sería poco. No morí, pero tampoco quede vivo; piensa ahora, sí tienes algún ingenio, cuál seria mi estado al sentirme muerto sin dejar de estar vivo».
    • P. 155
  • «Nosotros vemos, como los que padecen presbicia, las cosas lejanas merced a la luz con que nos ilumina el sumo guía. Cuando las cosas están próximas o son, nuestras inteligencia es vana, y nada sabemos de los suceso humanos si otro no nos los dice. Comprenderás, pues, que todo nuestro conocimiento morirá también el día en que se cierra la puerta del futuro».
    • P. 58
  • «¡Oh ciega concupiscencia y loca ira! que así nos aguijonea en nuestra corta vida y nos sumerge luego por toda la eternidad en el horrible río».
    • P. 63
  • «Pero si sales de estos lugares oscuros y vuelves a ver las hermosas estrellas cuando te guste decir "yo estuve allí" no te olvides de hablar de nosotros a la gente».
    • P. 81
  • «Piensa, lector, hasta qué punto me desconsolaría al oír aquellas palabras malas, al temer que no podía regresar».
    • P. 49
  • «Recuerda que tu ciencia enseña, que cuanto más perfecta es la cosa, más sensible es al bien y al dolor».
    • P. 42
  • «Resulta Dante así un ejemplo máximo de la originalidad del hombre y de sus posibilidades».
    • «Apartado de introducción», p. 5.
  • «Si él fue tan bello como es deforme hoy, y se atrevió a mirar a su Creador altivamente, de él, sin duda, procede todo mal».
    • P. 156
  • «Si yo fuera un espejo, no verías en mi con la presteza con que yo veo tu imagen interna. En este momento tus pensamientos y los míos se encontraban iguales en el sentido y la apariencia, de suerte que de entre ambos he deducido un solo consejo».
    • P. 108
  • «Tanta gente y tan diversas heridas me habían nublado de lagrimas los ojos de tal modo que mi deseo era detenerme allí para llorar con ellos».
    • P. 132
  • «Ya había yo puesto mis ojos fijos en los suyos, y él se erguía como si despreciase con su pecho y su frente al infierno».
    • P. 56
  • «Y, si vuelves a encontrarte donde haya gentes en semejante disputa, no olvides que estoy siempre a tu lado, y que desear oír tales cosas es bajeza».
    • P. 140

BibliografíaEditar

Alighieri, D. Divina Comedia. Ed. Editores Mexicanos Unidos. ISBN: 968-15-0680-4.