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Territorio comanche

CitasEditar

Capítulo I: El puente de Bijelo PoljeEditar

  • En realidad no hay nada tan quieto como los muertos. (...) Porque los muertos además de quietos están solos, y no hay nada tan solo como un muerto.


  • A medida que las guerras se hacen largas y a la gente se le pudre el alma, los periodistas caen menos simpáticos. De ser quien te saca en la tele para que te vea la novia, te conviertes en testigo molesto.


  • Era lo que ellos llamaban territorio comanche en jerga del oficio. Para un reportero en una guerra, ése es el el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta. El lugar donde los caminos están desiertos y las casas son ruinas chamuscadas; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan a lo lejos mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos. Territorio comanche es allí donde los oyes crujir bajo tus botas y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando. Donde no ves fusiles, pero los fusiles sí te ven a ti.


  • (...) en un pueblo vecino la Armija había descubierto una fosa común con cincuenta y dos cadáveres de musulmanes maniatados. Y cincuenta y dos cadáveres puestos en fila hacen una fila muy larga. Además, tienen familia: hermanos, hijos, primos. Tienen gente que los echa de menos y al verlos allí, uno detrás de otro y recién desenterrados, se lo toma a mal. Por eso en Bijelo Polje la Armija perdía poco tiempo en hacer prisioneros. (...) Quien hubiera bautizado aquello como limpieza étnica, no tenía la menor idea. La limpieza étnica podía considerarse cualquier cosa menos limpia.


  • Durante la época dura, en Sarajevo, a eso le llamaban ir de shopping. Se ponían el casco y los chalecos y se pegaban a una pared en la ciudad vieja, a oirlas venir. Cuando alguna caía cerca, iban corriendo y grababan la humareda, las llamas, los escombros. Los voluntarios sacando a las víctimas. (...) A Márquez las lágrimas no le dejaban enfocar bien, por eso no lloraba nunca cuando sacaban de los escombros niños con la cabeza aplastada, aunque después pasara horas sentado en un rincón, sin abrir la boca.


  • El eterno dilema en territorio comanche es que demasiado lejos no consigues la imagen, y demasiado cerca no te queda salud para contarlo.


  • El problema de la tele es que no puede contarse la guerra desde el hotel, sino que es preciso ir allí donde ocurren las cosas.


  • Y es que la antigua Yugoslavia estaba llena de domingueros. Los cascos azules españoles los llamaban japoneses porque llegaban, se hacían una foto y se iban lo antes posible. Por Bosnia pasaban de todo pelaje y procedencia: parlamentarios, intelectuales, ministros, presidentes del Gobierno, periodistas con mucha prisa y sopladores de vidrio en general, que a su regreso a la civilización organizaban conciertos de solidaridad, daban conferencias de prensa e incluso escribían libros para explicarle al mundo las claves profundas del conflicto. (...) Por término medio aquellas excursiones bélicas oscilaban entre uno y tres días, pero a toda esta gente le bastaba eso para captar lo esencial del asunto.

Capítulo II: Mucho tanque, tutto kaputtEditar

  • Mas a pesar de todo eso, aunque la mala suerte exista, muy pocos reporteros veteranos creen de verdad en ella. En la guerra, las cosas suelen discurrir más bien según la ley de las probabilidades: tanto va el cántaro a la fuente que al final hace bang.


  • ...más vale no hacer ninguna foto que hacer la última foto.


  • Y es que, por mucho que las píen los domingueros y los cantamañanas, en la guerra a un periodista no lo asesinan casi nunca: lo matan trabajando en un lugar donde la gente pega tiros, y hay un barullo muy grande, y anda suelto mucho hijoputa con escopeta que no tiene tiempo ni ganas de pedirte la documentación.


  • En cuanto a que te maten, la tercera posibilidad, la más frecuente, es la ley de las probabilidades. (...) A + B igual a C. A la gente le toca al cabo de tantos días, nosotros llevamos aquí cuarenta y cinco con una media de doce horas diarias en la calle. Nos han disparado tantos francotiradores y tantas bombas, luego según estos cálculos ya nos toca a nosotros. Así que tómate un último whisky y deja que te lo pague yo porque me largo.


  • El promedio de permanencia era de un par de semanas, pero a veces llegaban y los mataban, o los herían y evacuaban con tanta rapidez que no daba tiempo a saber sus nombres; como aquel productor de la ABC a quien, viniendo del aeropuerto, un francotirador le metió la bala explosiva en los riñones, justo entre la T y la V de la gran TV que lucía en la trasera de la furgoneta, y lo dejó listo de papeles cuando aún no llevaba veinte minutos en la ciudad. O la pareja de fotógrafos franceses, jóvenes, freelancers y desconocidos, en su primer reportaje de guerra. Llegaron a las diez de la mañana en el Hércules de la ONU, y a las once ya le había caído un mortero a uno de ellos, así que lo evacuaron a Zagreb en el mismo avión en que vino.


  • Porque en el fondo cada muerto no es sino eso: el dolor futuro de alguien que te espera y no sabe que estás muerto.

Capítulo III: Champán, chicas, factura, no problemaEditar

  • Inclinó un poco la cabeza al oirlas pasar, por instinto. La bala que te mata es la que no oyes pasar, recordó. La bala que te mata es la que se queda contigo sin decir aquí estoy.


  • En cuanto a las balas, los muertos enemigos están muertos y ya está. Pero lo eficaz de verdad es que el enemigo tenga, más que muertos, muchos heridos graves, mutilados y cosas así: requieren esfuerzos de evacuación, cura y hospitales, complican la logística del adversario y le revientan la organización y la moral. Matar al enemigo ya no se lleva. Ahora lo moderno es hacerle muchos cojos y mancos y tetrapléjicos y dejar que se las arregle como pueda.


  • Márquez tenía en Madrid una mujer y dos hijas a las que veía un mes al año, y transcurridos veinte días de ese mes se volvía tan insoportable que su propia familia le aconsejaba coger el avión y largarse a una guerra. Quizá por eso Eva, su mujer, no se había divorciado aún: porque existían guerras a las que mandarlo.


  • En Osijek habían estado cenando en un restaurante al aire libre durante un bombardeo serbio. Las granadas pasaban por encima del jardín y caían cerca, pero ellos no se levantaron de la mesa porque los acompañaban Márquez, Julio Fuentes, Maite Lizundia, Julio Alonso y un grupo de periodistas jóvenes a quienes no podían decepcionar poniéndose nerviosos antes de los postres. Así que Barlés le dijo a Hermann una frase que después, con el tiempo, pasaría a formar parte de la jerga de los enviados especiales: tres bombas más y nos largamos.

Capítulo IV: Las postales de MostarEditar

  • Porque todos los reporteros, cuando los matan, dejan en el hotel la cuenta sin pagar, camisas sucias en el armario, un mapa clavado con chinchetas en la pared y una botella de whisky sobre la mesilla de noche.


  • En cuanto a los Balcanes, (...) siempre fueron zona de frontera. (...) Al fin y al cabo, hace sólo cien años Sarajevo aún era turca. (...) en los Balcanes la memoria es más fresca. Los bisabuelos de quienes ahora combaten todavía se acuchillaban en nombre de la Sublime puerta o de la Viena imperial. La cuestión serbia encendió la Primera Guerra Mundial, y durante la Segunda, las atrocidades de ustachis croatas por una parte, y de chetniks serbios por la otra, dejaron bien fresca una tradición de agravios y de sangre. Después de todo, cada familia cuenta con un bisabuelo degollado por los turcos, un abuelo muerto en las trincheras de 1917, un padre fusilado por los nazis, la Ustacha, los chetniks o los partisanos. Y desde hace tres años, a eso hay que sumarle una hermana violada por los serbios en Vukovar, un hijo torturado por los croatas en Mostar, un primo hecho filetes por los musulmanes en Gorni Vakuf. (...) Por eso los Balcanes entraron chorreando sangre en el siglo XX y entrarán del mismo modo en el XXI, por muchas milongas que os cuente el ministro Solana.

Capítulo V: Hay mujeres que tienen un parEditar

  • Alberto era un pesimista nato y siempre lo pasaba fatal en las guerras. A pesar de eso, volvía una y otra vez sin que nadie lo obligara, y le entraban unos remordimientos enormes cuando se perdía algo importante. En eso era igual que Julio Fuentes, de El Mundo, que lo pasaba muy mal cuando estaba entre las bombas y lo pasaba aún peor cuando no estaba.


  • Conocía de sobra a Márquez para saber que cuando algo le entraba en la cabeza no había más que hablar. Su leyenda estaba llena de historias, apócrifas o verdaderas. Se contaba de él que una vez, en Vietnam, insistió para que a un vietcong condenado a muerte, vestido con ropas negras, lo fusilaran sobre una pared de color claro, a fin de que la imagen no empastara al filmarlo. Si se lo van a cargar de todas formas, decía, más vale que sirva de algo. Le preguntaron al vietcong y dijo que le daba igual, que pasaba mucho. Así que lo cambiaron de pared.


  • El horror. Barlés movió la cabeza: la gente no tiene ni puta idea. Cualquier imbécil, por ejemplo, lee El corazón de las tinieblas y cree saberlo todo sobre el horror, así que pasa dos días en Sarajevo para elaborar la teoría racional de la sangre y de la mierda, y a la vuelta escribe trescientas cincuenta páginas sobre el tema y asiste a mesas redondas para explicar la cosa, junto a cantamañanas que no han peleado jamás por un mendrugo de pan, ni oído gritar a una mujer cuando la violan, ni se les ha muerto nunca un crío en los brazos antes de pasar tres días sin poderse quitar la sangre de encima porque no hay agua para lavar la camisa. Con los compromisos intelectuales, con los manifiestos de solidaridad, con los artículos de opinión de los pensadores comprometidos y las firmas de las figuras de las artes y las ciencias y las letras, los artilleros serbios se limpiaban el culo desde hacía tres años.

Capítulo VI: El puente de MárquezEditar

  • Resultaba curiosa, se dijo, la afición de los contendientes de todas las razas y colores por liquidar los símbolos religiosos del adversario. (...) No había siglos de Historia que resistieran al exógeno, la pentrita, la estupidez o la barbarie. La biblioteca de Sarajevo, por ejemplo. O la sinagoga bombardeada. O la mezquita Begova, con sus tejas de plomo de cuatro siglos alfombrando la calle Saraci. O el puente de Mostar, que tras resistir guerras e invasiones durante 427 años, no aguantó una hora de bombardeo de la artillería croata.


  • Ya voy estando mayor para esto, se dijo. Es mejor ser joven, creer en buenos y malos, tener sólidas piernas, sentirse protagonista implicado y no simple testigo. A partir de los cuarenta, en este oficio te vuelves condenadamente viejo.

Véase tambiénEditar